Atom Heart Mother
A la memoria de Adolfo Sánchez Valenzuela
El coro sin palabras
Una vida comienza en la tierra. Hoy puse Atom Heart Mother. Mientras sonaban los primeros metales, escribí su nombre completo: Adolfo Sánchez Valenzuela. Adolfo murió. Amigo, mentor, jefe, colega. Durante años fui cambiando de relación con él y, sin darme cuenta, conservé todas. Para mí, antes que la lista, era Adolfo.
Después entraron el violonchelo y las voces que no traen palabras. Hay un coro, pero no hay una letra que seguir. Pensé entonces que este texto podía ocupar ese lugar, no como una explicación del disco, mucho menos como una explicación de la muerte, sino como la letra que uno oye por dentro y que nadie llega a cantar. Hoy, en ese coro, escucho a Adolfo.
Estoy seguro de que le gustaba Pink Floyd. Le gustaba mucho la música. Habíamos hablado del grupo y había leído uno de mis textos donde se mezclaban Pink Floyd, las matemáticas, unos teoremas y mi asesor. Me escribió que qué bueno que lo hubiera «remasterizado». Luego puso: «Te ha quedado pocamadre». No necesito hacer un esfuerzo para imaginar la voz. La frase viene con ella.
El título del disco salió de una noticia que Roger Waters vio en un periódico. Hablaba de una mujer cuyo marcapasos funcionaba con plutonio. Atom Heart Mother. Pink Floyd no estaba hablando de la tierra. Yo sí, o eso he escuchado siempre en esas tres palabras: madre de corazón atómico. La materia que alcanza para hacer un cuerpo, una ciudad, un árbol, un teorema. La materia que entrega todo eso y un día lo recibe de vuelta. Nunca investigué demasiado mi interpretación. Me gustaba pensarla. Hoy la necesito.
Los paréntesis
Es curioso que el disco y Adolfo hayan llegado primero a mí por medio de una noticia. Del disco supe ese origen mucho después. A Adolfo lo encontré cuando era estudiante, en una nota sobre los trierniones, un supuesto sistema numérico presentado con afirmaciones extraordinarias. La nota lo involucraba de la manera más burda, como si él hubiera respaldado el asunto. Había ocurrido exactamente lo contrario.
Adolfo revisó las reglas propuestas y encontró que la multiplicación no era asociativa. Con esas mismas reglas se obtenía i(ij) = −i, mientras que (ii)j = −j. Bastaba mover los paréntesis para cambiar el resultado. Había recomendado consultar a un especialista y nunca había dado el aval que la nota le atribuía. Eso fue lo primero que supe de él: que sabía mirar una afirmación, localizar el punto que no se sostenía y decirlo con precisión.
Primero conocí sus paréntesis. Después conocería su voz.
Años más tarde lo vi en el IMATE. Estaba de visita y comentó algo acerca de aquel episodio. No recuerdo las palabras. Sí recuerdo la sensación de unir el nombre de la noticia con la persona que tenía enfrente. Adolfo había sido director general del CIMAT. En ese momento era para mí un matemático de visita. Todavía no era, o yo no sabía que llegaría a ser, mi jefe, mi colega, mi mentor y mi amigo.
Visto desde hoy, todo parece acomodarse en una línea. La noticia, el IMATE, Mérida, nuestras conversaciones, la despedida. Pero no ocurrió así. Mientras uno vive, las cosas no vienen numeradas. Aquella visita no anunciaba nada. Adolfo dijo lo que dijo, yo lo escuché y el día siguió.
Tres dedos
Ahora las imágenes regresan sin orden. Adolfo serio, sin que su seriedad cerrara la conversación. Adolfo haciendo un comentario y dejando una parte para que uno la leyera entre líneas. Adolfo levantando la mano y señalando con tres dedos cuando dividía una idea en tres. Sus playeras de matemáticas. Su manera de vestirse.
Lo vi en seminarios, entrevistas, pasillos y oficinas. Nunca fui alumno suyo en un curso, pero sí fui su alumno: aprendí escuchándolo contar, viendo dónde hacía una pausa y cómo encontraba el punto exacto de un problema. En él, la voz que narraba una historia y la que explicaba matemáticas era la misma. Nunca fue mi profesor, pero sí que lo fue.
Hablar con él siempre dejaba algo positivo. Uno podía entrar con un problema grande y salir con un comentario de dos frases. El problema seguía allí, pero ya tenía una forma y quizá un primer paso. Adolfo escuchaba. Luego movía una pieza. Tenía criterio, y tenía la amabilidad de no usarlo para hacer sentir pequeño al que venía a pedir ayuda. Esa combinación no es común.
Mérida
En CIMAT Mérida hizo un trabajo enorme. Ayudó a fundar la Unidad y la dirigió. Los verbos caben fácilmente en una semblanza: fundó, dirigió, impulsó. El trabajo no cupo así de fácil en los días. Fueron años de decisiones, de personas, de problemas que había que resolver para que otros pudieran hacer matemáticas. Cuando la Unidad ya está allí, es sencillo olvidar cuánto dependió de quienes aceptaron construirla antes de que pareciera inevitable. Adolfo estuvo en ese principio y dejó su criterio en lo que vino después.
En mi familia su ayuda tuvo una forma precisa. Dio a mi esposa el apoyo y la oportunidad de hacer un posdoctorado en CIMAT Mérida. De aquel posdoctorado vinieron años de trabajo matemático, una carrera que pudo afirmarse y, más adelante, MateMayab. Todo eso forma parte también de lo que Adolfo hizo por nuestra familia. Es una de las razones por las que hoy estoy escribiendo.
Leyó además mis textos. Leyó el de Pink Floyd y el cuento sobre un universo no orientable. A propósito de ese cuento me habló de Guanajuato. Solía llevar a los visitantes por la calle subterránea para hacerles sentir el efecto de una banda de Möbius metida dentro de la ciudad. Me gusta imaginarlo allí, guiando a alguien bajo tierra, haciendo que una superficie se entendiera con los pies antes que con una definición. Me recomendó Otagato.
En una banda de Möbius se puede avanzar y regresar al sitio de partida desde lo que parecía el otro lado. La memoria hace algo parecido, aunque sin la limpieza de la topología. Hoy regreso a Guanajuato sin haber recorrido aquella calle con él. Regreso a la noticia de los trierniones. Regreso al IMATE. Cada vuelta trae la misma escena y también otra.
Mi historia de la cuenca le trajo otro recuerdo. Me habló de los cursos de lógica y cálculo proposicional que había dado en CICESE, y de la primera vez que encontró filtros y ultrafiltros en un curso de Andrew Gleason. Así conversaba Adolfo. Uno le entregaba una historia reciente y él encontraba dentro una clase de muchos años atrás, el nombre de un maestro, el momento en que una idea se había presentado por primera vez. Después devolvía el texto con una historia más.
Por cero
Una vez me dijo: «Podrás hacer todas las actividades académicas que quieras, pero, en este sistema, si no publicas, las multiplicas por cero».
Se me quedó. Podían estar la docencia, la divulgación, la gestión, la formación de estudiantes, la construcción de una comunidad, todas las horas que uno pone en esas cosas. Si faltaba la publicación, el sistema tomaba la suma y la multiplicaba por cero. Adolfo sabía que esa cuenta estaba mal. Yo también. Alguna vez lo hablamos. Pero no me estaba describiendo el sistema que nos habría gustado tener. Me estaba ayudando a sobrevivir en el que sí teníamos.
No me pedía abandonar lo demás. Me decía que no dejara que una aritmética defectuosa borrara mi trabajo. Publica. Haz también todo lo otro, porque importa, pero no permitas que lo multipliquen por cero. He vuelto muchas veces a esa frase. Hoy aparece junto a los trierniones. En un caso los paréntesis cambiaban el resultado. En el otro, un operador institucional podía desaparecer años enteros. Adolfo señalaba la mala operación y luego ayudaba a seguir.
Ensenada
Hace unos meses Adolfo dejó CIMAT Mérida para irse de sabático a Ensenada. Nos despedimos un día en mi oficina. Me contó un poco de sus problemas y de sus revisiones médicas. Iba mejor. Estaba mejor. Esas son las frases que recuerdo. Seguramente hablamos de otras cosas. No sé cuáles. No sabía que tenía que guardarlas.
Uno nunca sabe cuándo es la última vez. Nos despedimos como nos habíamos despedido antes, suponiendo otra conversación. Él se iba a Ensenada. Yo me quedaba en Mérida. El futuro parecía sencillo: regresaría del sabático, nos encontraríamos, hablaríamos. Adolfo salió de mi oficina y yo seguí con el día. Nada en la oficina cambió de lugar.
Hoy regreso a ese momento y trato de ver algo que entonces no vi. No hay nada. No recuerdo la última frase ni el gesto exacto al salir. Recuerdo que iba mejor. Que estaba mejor. Lo repito y las palabras no se abren para mostrar otra cosa. Fue una despedida normal. La palabra «última» llegó después.
Pienso en los trierniones y me sorprendo intentando una operación absurda: mover los paréntesis de aquella tarde. Agrupar de otra manera sus problemas, las revisiones, el «iba mejor», el «estaba mejor», para que el resultado cambie. No cambia. Las matemáticas no tienen la culpa de esto. Tampoco pueden corregirlo.
Remergence
Sigue sonando Atom Heart Mother. La música ha pasado por metales, voces, ruidos, una parte que parece desarmarse y otra que recoge lo que quedó. Hacia el final aparece «Remergence». Regresan materiales que ya habían sonado al principio. No son nuevos, pero después de todo lo ocurrido uno los oye de otra manera.
Con Adolfo sucede eso esta noche. Vuelve la mano con los tres dedos. Vuelve una playera de matemáticas. Vuelve su voz diciendo «pocamadre». Vuelven los paréntesis de los trierniones, la calle subterránea de Guanajuato, los filtros y los ultrafiltros, el signo de multiplicación junto al cero. Vuelve mi esposa comenzando aquel posdoctorado. Vuelve CIMAT Mérida. Vuelve Adolfo en mi oficina, diciéndome que estaba mejor y que se iba a Ensenada.
La suite termina, pero el primer tema sigue un rato en la cabeza. Quizá por eso escogí esta música. A Adolfo le gustaba la música. Le gustaba Pink Floyd. Había leído mis matemáticas mezcladas con esas canciones y me había dicho, a su manera, que podía seguir escribiendo. Si Atom Heart Mother guarda una letra que nunca se imprime y nunca se canta, ésta es la que yo escucho hoy en el espacio del coro.
Adolfo quiso irse tranquilo a su sabático. No quería hacer aspavientos. Se fue con discreción. Detrás quedaron la Unidad Mérida, un posdoctorado que abrió una carrera, MateMayab y una frase sobre el cero que todavía me acompaña. Su fuerza cambió el terreno, para bien.
Grande, Adolfo. Qué pena que te hayas ido tan pronto. Persona justa, amable, humana. Amigo, mentor, jefe, colega. Madre de corazón atómico. Ese corazón atómico sigue latiendo ahora desde adentro: en lo que ayudaste a poner en marcha, en lo que enseñaste sin haber sido oficialmente el profesor, en las personas que salíamos de hablar contigo llevándonos algo bueno.
Una vida vuelve a la tierra. Adolfo vuelve a una tierra que, por haberlo tenido, ya no es la misma.
Mérida, Yucatán
Agosto de 2026




Descanse en paz